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Tortilla de patatas fritas con brotes de cebolla

17 de julio de 2015

tortilla de patatas fritas 1

La primera vez que comí una tortilla de patatas fritas de bolsa la hizo mi amiga Beatriz hace un montón de años. Éramos una pandilla de adolescentes hambrientos y solo teníamos una bolsa de patatas y unos huevos en la nvera. Bea, que siempre ha tenido una mano increíble y envidiable para la cocina, preparó una tortilla riquísima en unos minutos. Vamos, que me supo a gloria. Luego se la he visto hacer a Ferran Adrià, a José Andrés y a varios grandes chefs más, así que perdonadme la falta de originalidad de esta entrada. La novedad es que para darle un toque de cebolla fácil he usado unos brotes, que tienen un sabor entre suave, amargo y fresco que me encanta. No será como aquella de Bea, pero mirad que pintaza tiene en la foto.

Ingredientes para una tortilla de pareja bien avenida:

–Cuatro huevos.

–Una bolsa de patatas de las normales de 100 gramos.

–Un puñadito de brotes de cebolla (esto, por supuesto, es solo opcional para los que nos gusta la tortilla con cebolla).

–Un par de cucharadas de aceite de oliva y una pizca de sal.

Atentos que se tarda menos en hacerla que en leer la receta:

tortilla de patatas fritas 2

Cascamos y batimos los huevos. No demasiado, que cuanto más batidos menos esponjosa queda.

Abrimos la bolsa de patatas, la mezclamos con los huevos y las rompemos un poco con el tenedor. No es cuestión de hacerlas harina, solo trozos para que se hidraten en el huevo. Añadimos los brotes de cebolla, al gusto, y lo dejamos reposar un par de minutos.

Mientras, ponemos la sartén al fuego con dos cucharadas de aceite. Dejamos que se caliente un poco, probamos la mezcla para ver si está bien de sal y la echamos a la sartén.

La doramos un par de minutos por un lado y otro par por otro, sin pasarse para que quede jugosita. Y a zampar. Con una cerveza bien fría esto es una cena difícil de superar.

Y la música:

Hace muchos años en una galaxia muy lejana fuimos ‘groupies’ de Javier Krahe. Le seguíamos por todos sus conciertos en Madrid e íbamos a verle casi cada semana, primero en la sala Elígeme de Malasaña y después en aquellas inolvidables noches de los jueves en el café del Teatro María Guerrero. Casi siempre actuaba con los sospechosos habituales: Javier López de Guereña a la guitarra, Fernando Anguita al contrabajo y Andreas Prittwitz con los vientos varios y otras solo con su inseparable Guereña, parte indivisible del mito Krahe. Nos gustaba ir a verle cantar con la voz, con las manos y con la mirada. En algunos de aquellos jueves el público era tan escaso que elegíamos una mesa pegada al miniescenario y le hacíamos los coros en ‘La yeti’ o ‘Canadá, Canadá’ y le pedíamos ‘Don Andrés octogenario’ o ‘Sábanas de seda’ o ‘Paréntesis’ o ‘Señor juez’ hasta que nos reprendía: “Hoy no estoy en plan heavy metal”. Al final del concierto, con suerte, se acercaba a la mesa a tomar una copa, pedirme “un rico Partagás” –aunque él era más de Coronas–, echar unas risas o regalarnos un rato de luminosa conversación. Krahe fue –me cuesta escribir fue– un artista canalla, iconoclasta, ácrata, divertido, elegante, tierno, único, irrepetible…

 

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