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Empanadillas de morcilla y queso de Burgos

23 de octubre de 2013

Empanadillas de morcilla y queso de Burgos 1

Otra vuelta de tuerca a los orígenes, a las raíces perdidas. En mi hipotética lista sobre los diez sabores de la infancia no podrían faltar las morcillas de Burgos, con las que tanto disfrutaba mi padre. Supongo que porque le recordaban a su Villarcayo natal y representaban también un sabor de su propia infancia. Es un suponer… Y además será doble rollo burgalés: morcillas y queso fresco de la tierra. Todo junto y bien revuelto.

Ingredientes:

-Una morcilla de Burgos. No diré de qué pueblo, que cada cual elija.

-Un trozo de queso de Burgos o una tarrina de queso fresco.

-Un par de pimientos del Piquillo, que no son de Burgos, pero Lodosa tampoco pilla lejos.

-Una zanahoria y un pimiento verde, de la verdulería más cercana.

-Obleas para empanadillas de La Cocinera (a las que siempre hago publicidad por la cara, pero es que son mis preferidas).

-Ni sal ni especias ni nada más.

Empanadillas de morcilla y queso de Burgos 2

Receta:

Con una buena morcilla de Burgos es imposible que un plato salga mal, así que seré breve: Hervimos la morcilla en agua un cuarto de hora, para que esté más blandita.

Mientras, preparamos el resto de ingredientes en un bol: los pimientos del Piquillo -que serían votados en cualquier baile de película adolescente americana como la pareja ideal de la morcilla- bien picaditos, igual que el queso fresco. El pimiento y la zanahoria los ponemos crudos, para que hagan crunch al morder la empanadilla, muy finos.

Cuando la zanahoria esté cocida retiramos la piel continente y añadimos el contenido al bol. Lo trabajamos un rato con el tenedor para mezclar bien y ya tenemos el relleno.

El resto es coser y cantar. Vamos cogiendo las obleas, ponemos una cucharada de relleno en el centro -sin tacañería–, doblamos con cariño y sellamos con el tenedor al modo clásico de la abuela.

Las vamos poniendo en una bandeja cubierta por un papel y al horno, que hemos precalentado a 180 grados. Cuando miréis por la ventana del horno y estén doradas es el momento de empezar a salivar.

Se recomienda servirlas bien calientes para que la familia, los amigos, compañeros de piso o enemigos que se las vayan a comer puedan jugar a eso de cogerlas y volverlas a dejar en el plato y mordisquearlas un poco y volverlas a dejar… y se les vaya haciendo la boca agua.

Música:

En las últimas semanas le he estado dando unas vueltas al último disco de Rafael Berrio, ‘1971’ -vale, no es de Burgos, que era el rollo de hoy, pero Donosti está a tiro de piedra-. Si lo inclasificable no se hubiera convertido en categoría a Berrio le cuadraría perfectamente. Digamos que es un alma arrastrada, un poeta punk…

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4 comentarios leave one →
  1. Susana permalink
    23 de octubre de 2013 11:04

    Eso de hacerlas al horno me parece una idea fabulosa. Nunca las he hecho así.
    Hay una cosa que no me acabo de enterar bien. Las zanahorias van crudas o no?

    • 23 de octubre de 2013 11:13

      Sí, la zanahoria y el pimiento crudos muy picados. A mí me gustan mucho más al horno que fritas, quedan mucho más suaves y menos grasientas

  2. 31 de octubre de 2013 12:26

    Acompañadas de mermelada de higo o de tomate creo que estarán geniales la combinación. Muchas gracias por la super receta.

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